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La huida del tiempo (un diario), de Hugo Ball

26 diciembre 2009

Hugo Ball es una de esas personalidades reconocidas por la historia tan sólo por un acontecimiento de su vida, a pesar de que como escritor, y como personalidad, merece una atención más pormenorizada, tanto en el terreno del pensamiento como en el de la cultura, y sobre todo en el de las personalidades singulares.
Pero su creación del Cabaret Voltaire en Zurich en 1916, en el cual vino a nacer para gran escándalo de los bienpensantes de todas las categorías, Dadá, ha eclipsado todo lo demás.
También es cierto, que su temprana muerte (con poco más de cuarenta años) impidió que como pensador y como hombre de cultura diera de sí todo lo que era de esperar. Con todo, como ya apunté, en esas cuatro décadas Hugo Ball dio muestras de ser un hombre con opinión propia, y con un carácter capaz de llevar adelante esas opiniones en los asuntos más trascendentales: Como el de la guerra.
En efecto su estancia en Suiza se debió a su total rechazo del militarismo, y su decisión de ser objetor de conciencia frente a la monstruosidad de la Primera Guerra Mundial. Acompañado de su mujer Emmy Hennings se expatrió en ese país neutral durante todos los años del conflicto.
En el año 2004, la editorial El acantilado, de Barcelona, publicó el libro “La huida del tiempo (un diario). Se trata de una selección de los escritos de Ball en su diario entre 1913 y 1921, editado en 1927, poco antes de su muerte. Que yo sepa, es la única obra suya aparecida en español, aunque alguna como el ensayo dedicado a Simeón El estilita, uno de los predecesores más conspícuos del arte de acción, merecería que un editor inteligente se ocupara de él.
En este diario, Ball cuenta, a veces entrando en detalle, su experiencia como creador del cabaret Voltaire, su opinión de los distintos acontecimientos, y también su disentimiento profundo del rumbo que los otros participantes de la aventura Dada, especialmente Tristan Tzara, fueron tomando.
Ball tenía una mentalidad diametralmente opuesta a la de Tzara, y no podía aceptar la deriva hacia la conversión de Dada en un movimiento internacional. Tampoco podía seguir a sus compatriotas, tal como quería Huelsenbeck en su propuesta de un Dada político y revolucionario, al servicio de la República de Weimar. Era por encima de todo una persona crítica, es decir, un solitario.
Dada es, entre otras cosas, la reunión de las energías irracionales que ya estaban presentes en el expresionismo y el futurismo, y que a partir de entonces pasa a ser una de las corrientes fundamentales de la poesía la música y el arte del siglo XX. Visto así, Ball es una figura clave, como profundo conocedor de Nietzsche (lo mismo que Tzara) de esa apuesta por la negación, el nihilismo y el misticismo. Su apuesta por la religión, e incluso por el catolicismo, puede verse como una de las posibles salidas a ese radicalismo conceptual. Es,sin lugar a dudas, el padre del “arte sin ideas”, que tantos artistas han practicado durante todo el siglo.

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Tzara en español

31 octubre 2009

Dentro de cinco años se celebrará el centenario del nacimiento de DADA en el cabaret Voltaire de Zurich. A pesar de que este movimiento y sus aportaciones siguen siendo lo menos asimilado  de las primeras vanguardias por los detentadores del poder (artistas, comisarios, directores de museos, periodistas, catedráticos, etc…) es de temer que se haga una celebración espectacular, en la que se oculten los componentes verdaderamente radicales de este movimiento.
Ello significa también que sus protagonistas van a recibir un trata discriminador, en función de los intereses de los marchands, y de su asimilación con las formas preponderantes del arte contemporáneo.
En un caso concreto, el de Tristan Tzara, es de esperar que sea especialmente discriminado porque reune todas las cracterísticas negativas para los historiadores oficiales del arte del siglo XX: Fue un teórico radical, poeta y rumano. Es decir, mantuvo posiciones contrarias a la utilización de la estética por los distintos poderes, no produjo objetos utilizables en el mercado del arte, y era un extranjero en la Francia de las entreguerras. Cualquiera de estas tres características le hubiera podido ser perdonada, pero las tres juntas le seguirán pasando factura por siglos.
Y sin embargo, mientras muchos de sus compañeros de generación y de aventuras, ya han sido asimilados y consumidos por la cultura de la sociedad del espectáculo, Tzara permanece operativo y lleno de incitaciones, tanto como persona como poeta.
En 1969 yo traduje para la que iba a ser la colección Visor de poesía, una antología de poemas de Tzara. Apareció como el número 2 de esta colección, porque fue desplazada por el libro “Una temporada en el infierno” de Arthur Rimbaud, traducida por Gabriel Celaya.
Por una cuestión de derechos, cuando se agotó la edición ya no se volvió a reimprimir, por lo cual el libro es innencontrable. Pero existir existe.
En 1976, realicé una nueva traducción de Tara para Visor. En aquella ocasión el libro elegido fue “Un hombre aproximativo”, publicado en 1929, en plena madurez del poeta. Se trata de un largo poema distribuido en XIX cantos, con densos parágrafos (de más de 14 sílabas), que utiliza varios ritornellos. Como el resto de la obra de este poeta, el elemento fundamental del poema es la imagen irracional, o metáfora que se ha desligado de su referente.
No se trata de una “escritura automática” tal como proponía André Breton, sino de una técnica textual que reelabora discursos preexistentes, introduciendo en la cadena de la f rase distorsiones, y sobre todo sustituyendo adjetivos o sustantitvos. El verso del comienzo es un ejemplo acabado:

domingo profundo tapadera sobre el hervor de la sangre.

La eliminanción de las versales y de todos los signos de puntuación completa el efecto de estrañeza y sorpresa.

Datos técnicos

Título: El hombre aproximativo
Autor: Tristan Tzara
Prólogo y traducción: Fernando Millán
Editorial: Colección Visor de poesía, 150 pp, 130X195 m/m

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